CARACAS, sábado 22 de noviembre, 2008 | Actualizado hace
El artículo de hoy responde a las declaraciones de dos
rectores del CNE sobre la injerencia de Chávez en la
campaña que nos ha conducido a las elecciones de mañana.
Con diligencia digna de mejor causa, Tibisay Lucena y Germán
Yépez se ocuparon de justificar los excesos del jefe
del Estado en un torneo que no le incumbe, debido a que se
enmarca dentro del entorno de los principios federales sobre
los cuales carece de atribuciones el poder central; en una
competencia sobre la cual deben ejercer ellos meticulosa vigilancia
como si se tratara de los fieles de una balanza. Así
como Chávez no pudo ni quiso entender el desarrollo de
una actividad de naturaleza comarcal en la cual le estaba
vedada la presencia debido a los mandatos de la ley, los aludidos
rectores decidieron presentarse ante los venezolanos como
custodios de los derechos que supuestamente asistían
a quien aparecía como presidente transfigurado en candidato
a gobernador, a legislador estadal y a representante en los
concejos municipales. No sólo tenía como ciudadano
el derecho de protagonizar a su gusto el juego político,
según la señora Lucena, sino también de expresarse
en atención a las pulsiones del discurso apasionado que
le brotaba de las entrañas, de acuerdo con el señor
Yépez.
En ambos casos le concedían a Chávez los derechos
que podían ejercer los partidos políticos y el resto
de los candidatos, sin ningún tipo de limitación.
Podía él, en concordancia con las afirmaciones de
los rectores, no sólo comportarse como cualquiera de
los nominados, sino igualmente participar hasta donde considerase
conveniente. Como es evidente la maroma escandalosa que debieron
hacer los burócratas, el salto mortal que debieron ejecutar
para llegar a una explicación tan alejada de la imparcialidad,
pero también de la decencia que suelen demostrar las
personas a quienes corresponde un mandato directamente relacionado
con los principios republicanos, tal vez sea ocioso venir
ahora a decirles que se pasaron de la raya, que no aparecieron
ante los ojos de la sociedad como circunspectos vigilantes
del voto sino como encarnaciones de una pobreza de espíritu
que tenía tiempo sin exhibirse entre nosotros con la
carga de todas sus vituallas. Su confesión de parte nos
releva de la necesidad de leerles el código para probar
los extremos de su servilitud, para ventilar el tamaño
de su extravío legal, pero nos permite apuntar una pregunta
que lamentablemente no pasó por la cabeza de la dama
y el caballero antes de sonrojarnos con sus exculpaciones.
¿El Presidente tiene derechos? Seguramente se apresurarán
ella y él a afirmar la existencia de tales derechos y
la alternativa que tiene el titular de la primera magistratura
de ejercerlos como cualquier ciudadano. No en balde actuaron
en la víspera como sus procuradores, pero la cosa no
es tan simple. Chávez los acompañaría en la
idea sin vacilación, pues hace poco desembuchó la
afirmación de que podía transmitir en cadena sus
lindezas cuando le viniera en gana sin límites horarios
por el solo hecho de ser el Presidente. Si quieren hacer cadenas
espérense a llegar a Miraflores, gritó en días
pasados. Dado que entiende que carece de confines en el manejo
de la cosa pública, y que los dos rectores lo acompañan
en el parecer o no se atreven a contradecirlo, pareciera caso
cerrado el asunto de las prerrogativas cuando hace uso de
ellas el jefe del Estado. De nuevo salta a la vista que no
es así, pues hasta los monarcas que antes eran de derecho
divino y ahora dependen de las soberanías nacionales
están sujetos al imperio de la legalidad. Por muy coronados
que sean, no pueden abusar de comunidades que antes formaban
los súbditos y ahora los ciudadanos. Si así sucede
en las monarquías de la actualidad, ¿cuáles
derechos protegen con mimo la señora Lucena y el señor
Yépez?
No sé en cual de las cartillas de su obsecuencia encontrarán
una respuesta plausible porque, en realidad de verdad, el
Presidente no tiene derechos sino deberes. El deber del respeto
al resto de los poderes constituidos, el deber del respeto
de las autonomías establecidas en la carta magna, el
deber del respeto a la ley electoral, el deber del respeto
a la oposición y a los mismos dirigentes de su partido
a quienes trata como manumisos, el deber del silencio que
tanto nos beneficiaría como pueblo, el deber de escuchar
la palabra del prójimo, el deber de luchar contra la
deshonestidad y contra la violencia, el deber de considerar
que no sólo él habita en Venezuela, sino también
una muchedumbre de personas que quieren pensar con cabeza
propia; aún el deber de la consideración hacia personas
como la señora Lucena y el señor Yépez, para
que no sigan haciendo esos papelones.
eliaspinoitu@hotmail.com
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