CARACAS, sábado 22 de noviembre, 2008 | Actualizado hace
La llegada a Barcelona de unos amigos venezolanos me llevó
al mercado. Deseaba ofrecerles algo exquisito para la
cena, pero me faltaban los materiales, así que me coloqué
la chaqueta, me repasé el cabello y salí.
En el supermercado compré manzanas verdes, uvas, mangos,
piña, nueces. Venía de regreso repasando la receta
de la ensalada que deseaba preparar: debo partir las manzanas
en cuadritos, sumergirlas en agua salada. Conservar la miel
aparte…
El aderezo para la ensalada lleva queso crema diluido
con leche espesa y un chorrito de salsa inglesa… Así
iba tragándome la calle con tantas frutas en mis manos
y en mi mente, cuando se asomó a mi pensamiento el rostro
abatido de la Manzanita criolla de Julio Garmendia.
El próximo 9 de enero se cumplen 113 años
del nacimiento de este gran escritor, considerado un clásico
de las letras venezolanas.
Pero ustedes se preguntarán qué tiene que ver la
ensalada de frutas con Julio Garmendia. Pues sí tiene
que ver. Primero, fue uno de los escritores más leídos
durante la carrera de Letras, segundo, tiene un cuento titulado
Manzanita que narra la historia de lo que aconteció a
nuestra frutica criolla cuando llegaron las manzanas norteñas.
Yo, además, tomé prestado el nombre Manzanita
para colocarlo a un Taller de lectura que creé con los
niños de mi país. Y, por supuesto, cuando los pequeños
leyeron Manzanita y yo les pregunté qué nombre deseaban
colocarle al taller, todos, al unísono, respondieron
Manzanita.
Julio Garmendia tuvo una infancia triste; perdió a su
madre a corta edad y su padre Rafael lo dejó al cuidado
de su abuela materna, Celsa Murrieta, quien vivía en
Barquisimeto. Allí transcurrió la infancia de Garmendia.
Tenía dieciocho años cuando perdió a su abuela
en la navidad de 1914. Luego su padre lo traslado a Caracas
donde estudió por poco tiempo en un Instituto de Comercio,
más tarde ingresa a trabajar como redactor en el diario
El Universal, dirigido entonces por el crítico Luis Correa.
Allí en el periódico conoció a la nueva generación
literaria del país: Fernando Paz Castillo, Pedro Sotillo,
Jacinto Fombona Pachano, Rodolfo Moleiro, entre otros. En
octubre de 1921 publica algunos poemas en El Universal.
En Venezuela gobernaba el dictador Juan Vicente Gómez.
En 1921 Garmendia envía a Jesús Semprum, quien vivía
en New York, algunos de los cuentos que integrarían La
tienda de muñecos, su primer libro, y ese mismo año,
Semprum escribe un prólogo que apareció tanto en
la primera como en las sucesivas ediciones del libro.
De veintisiete años Garmendia marcha a Europa. Comienza
el año 1923. Viaja a Roma y a París. Para 1927,
en esa última ciudad, aparece publicado por la Editorial
Excelsior, su primer libro. Garmendia fue nombrado Cónsul
General de Venezuela en Génova, donde vivió siete
años. En los años 36, 38, y 39 viajó por distintos
países de Europa hasta que en 1940 regresó a Venezuela.
El caballero solitario que había permanecido en silencio
veinticuatro años, estaba escribiendo su segundo
libro titulado La tuna de oro, que aparece publicado en 1951
por la Editorial Ávila Gráfica. Con este libro asistimos
al descubrimiento de la dimensión remota de lo fantástico.
El libro está compuesto por ocho relatos, entre los que
se cuenta Manzanita, cuyo más profundo valor es el de
la unidad y la solidaridad entre las frutas de la frutería,
vale decir, entre los ciudadanos de un país o de un continente.
La Manzanita criolla se sintió perdida cuando comenzaron
a llegar las grandes y olorosas manzanas del Norte. Por eso
se lamentaba, no sabía qué hacer cuando la gente
que entraba a la frutería comentaba: ¡Qué preciosidad
de manzanas! Y pedía una, dos y hasta tres. La situación
de la Manzanita criolla despertó una conversación
entre las frutas. El Mamey comentó que a él no le
importaba lo que le pasara a la Manzanita. Y este comentario
despertó la perplejidad de las otras frutas. Hasta que
la Manzanita criolla se puso a cavilar y gemía
desconsolada: a mí me traen en sacos, en burro, y luego
me echan en un rincón en el suelo. El llanto la venció,
se quedó dormida y soñó que se había muerto.
Oiga señor Mamey, expresó el señor Coco: yo
sí creo que debemos ayudar a la Manzanita. El día
de mañana pueden comenzar a llegar Cocos del Norte, Lechosas
del Norte, Mameyes del Norte, sí señor ¿Y qué
será entonces de nosotros todos? ¡Nos quedaremos chiquiticos,
encogiditos y apartaditos como le pasa hoy a Manzanita!
Este interesante planteamiento debe ser motivo de reflexión
en un mundo globalizado que amenaza con diluir las fronteras
nacionales y la identidad en franca marcha hacia una cultura
homogeneizada. Invito a mis amables lectores a leer la obra
de este insigne escritor venezolano que ha invadido mi pensamiento
al momento de partir la manzana norteña. Pienso que el
mejor y mayor regalo que podemos hacerle a Julio Garmendia
es leer su obra.
Licenciada en Letras
beasansone@hotmail.com
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